Zinedine Zidane saluda a Pep Guardiola antes de un partido de Liga de Campeones. | Efe

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El fútbol siempre ha tenido una capacidad innata para devorar ídolos. No hay vacuna para inmunizar a los iconos. Al menos a corto plazo. En apenas unos días, gente como Zinedine Zidane y Pep Guardiola ha saltado por los aires.

Al francés, su verdad, ha situado en un primer plano las intrigas palaciegas que siempre han envuelto al Madrid de Florentino Pérez. En una carta escrita de su puño y letra y publicada por el diario As, el entrenador de las tres Champions ha lanzado un dardo al corazón de la cúpula blanca, que no deja de ser una autocracia.

En el relato personal de su salida del conjunto blanco, Zidane ha entremezclado elogios con duras críticas al presidente, al que acusa de no tener memoria, intoxicar el vestuario con filtraciones y también de falta de apoyo.

La misiva de ZZ ha activado toda la maquinaria presidencial, que se ha apresurado a recordar al antiguo futbolista que desde que abrió su segunda etapa en el banquillo del Real los resultados han estado muy por debajo de las expectativas.

La realidad es que a pesar de sus logros, a Zidane nunca se le ha respetado demasiado como entrenador. Se le reconoce sus méritos para gestionar un vestuario poblado de estrellas y egos, pero poca cosa más. Esta percepción ha sido alimentada por el propio aparato madridista que ha tejido el propio Florentino, inmisericorde ante las derrotas.

Evidentemente, el presidente olvida por el camino que su intervencionismo en el club es absoluto. Es el director deportivo. El que ficha y también decide las renovaciones. El modelo está claro, se trata de ganarlo todo con la plantilla que construye y diseña el presidente.

Pep Guardiola también ha vivido su particular tormenta. De hecho, al catalán siempre se le espera. La derrota del City en la final de la Liga de Campeones ha desatado una crítica enfurecida. El Chelsea jugó mejor y es probable que Guardiola errara en su alineación, pero la sensación de que se le juzga más por su ideario político que por sus logros deportivos siempre está presente.

Guardiola es un entrenador trascendente. De los que dejan impronta. Lo hizo en el Barça, en el Bayern y también en el Manchester City, club con el que ha ampliado su contrato hasta 2023.

Esta temporada se ha embolsado otra Premier y ha alcanzado la final de la Champions, pero dejar en el banquillo a sus pivotes defensivos ha desatado una lluvia de críticas de proporciones bíblicas.

Es probable que se equivocara y que su decisión allanara el camino del Chelsea, pero eso nunca debería impedir reconocer sus éxitos y aportaciones. Guardiola no ha inventado el fútbol, pero lo ha mejorado. Como ocurre con Zidane. El problema es la falta de memoria.