Imagen de Pep Guardiola besando la medalla de subcampeón. | Pierre-Philippe Marcou / POOL

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El Papa ha elogiado el gesto del entrenador del Manchester City, Pep Guardiola, que besó la medalla a pesar de haber sido derrotado por el Chelsea, al destacar que esto demuestra que «incluso en la derrota puede haber victoria».

«Me han contado que estos días 'uno' que quedó segundo, no sé dónde. Había un ganador y uno que ha llegado segundo. De normal, cuando uno llega segundo, hace pucheros, se está triste y no digo llegar a tirar la medalla, pero hay ganas de hacerlo. En cambio, él ha besado la medalla», ha señalado el Pontífice al recibir en el Vaticano a la Federación Italiana de Baloncesto.

«Esto nos enseña que incluso en la derrota puede haber victoria. Tomar con madurez la derrota, esto te hace crecer. Te hace entender que en la vida no hay solo momentos dulces. Cuando un deportista afronta la derrota con esta dignidad, es un honor», ha agregado.

El Papa ha invitado a los jugadores de baloncesto perseverar en dos claves fundamentales para todo deportista como el trabajo en equipo y la disciplina que no convierte en «rígidos» sino en responsables.

En su discurso, el Francisco ha profundizado sobre la relación entre la Iglesia y el mundo del deporte puntualizando que este vínculo siempre «se ha cultivado con la conciencia de que ambos, de diferentes maneras, están al servicio del crecimiento integral de la persona y pueden ofrecer una preciosa contribución a nuestra sociedad».

En este sentido, Francisco ha afirmado que el deporte «es una medicina para el individualismo» de las sociedades que, a menudo, genera un yo aislado y triste, con incapacidad para jugar en equipo y cultivar la pasión por algún buen ideal.

Finalmente, el Papa ha invitado a los jugadores de Baloncesto a cuidar la vida espiritual «que no puede dejarse sólo en manos de las emociones», ni puede vivirse en fases alternas, sólo cuando apetece, ya que «necesita también una disciplina interior hecha de fidelidad, constancia y compromiso diario con la oración». «Sin un entrenamiento interior constante, la fe corre el riesgo de extinguirse», ha asegurado.