El jugador de la selección española Álvaro Morata reacciona durante el partido ante Polonia. | Reuters

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Los partidos de España, de esta España de Luis Enrique, se han convertido en una hora y media de desesperación y frustración. De ver cómo se pasan el balón de un lado a otro sin ninguna profundidad ni malicia. A un ritmo previsible, monótono y lento.

Ni siquiera con dos ‘9’ -aunque el genio de Lucho decidió ir en busca de la victoria sin ninguno de ellos sobre el campo en los últimos minutos- , ni de penalti fallado por Gerard Moreno, que había marcado sus 14 últimas penas máximas; ni aprovechando el rebote de esa acción prácticamente a puerta vacía (Morata volvió a ser Morata unos minutos después de haberse desquitado con el gol)... Ni siquiera con la defensa polaca temblando en cada balón que circulaba por su área, España pudo alzar los brazos. La selección encadenó su segundo empate de esta Eurocopa y afronta la cita del próximo miércoles ante la Eslovaquia de Valjent como la primera final del torneo.

Mientras algunas de las favoritas afrontarán la última jornada de la primera fase con el bañador y las chanclas, las huestes de Luis Enrique caminarán por el alambre como un funambulista. Sin ningún plan B establecido y con la tozudez del seleccionador como principal argumento -es desesperante ver el trote cansino de Pedri o la endeblez de la zaga-, España se la juega a las primeras de cambio. Ya no es solo Morata el que está en el centro de todas las críticas...