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La vi pasar por mi derecha entre avergonzada y excitada por la ceremonia. En Sant Josep, el primer día era así. Todos esperando afuera y cuando pronunciaban tu apellido, caminabas como si aquello fuera el corredor de la muerte con más de sesenta ojos de tu edad clavados en ti y te colocaban por orden alfabético. Yo ya estaba sentado cuando ella fue a parar detrás de mí. Ojos grandes y vivos. Como hoy. La misma sonrisa nerviosa que se le dibujo en el ‘call room’ con Ona y Mayu antes de tirarse a ganar un bronce. Así me fijé por primera vez en Margalida Crespí. Y así nos hicimos amigos y convivimos desde los once hasta los quince, cuando se marchó y no sabíamos, ni siquiera ella, si para triunfar.

Además de en clase, a veces coincidíamos por las tardes. Ella entrenaba de 17:00 a 21:00 horas o así, y en ese lapso de tiempo yo hacía la siesta, comía algo, me vestía para ir a entrenar, lo hacía y me duchaba. Quizá le habría echado más horas a esa putada que es entrenar si llego a saber que me iría tan bien como a ella. A veces, Marga asomaba la cabeza al campo de fútbol para verme porque estaba enamorada de mí, infierno que sufren muchas mujeres. No las culpo. Luego saldrá y dirá que no es verdad, pero esa es su opinión y yo soy un periodista que se basa en hechos. A mí me gustaba su amiga Olalla, que estaba como un queso (y supongo que todavía lo estará porque tenemos 22 años). Cuando veía que miraban intentaba hacer algún truco con el balón que solía terminar conmigo en el suelo, llevándome las manos a la cara como si fuese Ángel di María y mirando con ira al césped porque la culpa era suya.

Doce años después, sigue siendo la misma solo que con algunas medallas más. Aborrece lo pijo, cuando habla de lo que rodea el deporte de élite le parece todo tan absurdo que no puedes evitar echarte a reír. La mayor preocupación que ocupaba la cabeza de Marga a un mes del Mundial, hasta el punto que pensé que su vida se estaba convirtiendo en un infierno, era cómo llevar su coche hasta Mallorca, porque quería ir a calas sin tener que molestar a sus padres o a sus amigos. Por esas cosas la quieren tanto.

A dos días del inicio del Mundial la fui a ver al hotel de concentración. Me vio y se puso a hacer aspavientos y a saltar tan salvajemente que por un momento sufrí por ella. Pensé que se iba a morir ahí y los Mossos que la escoltaban me iban a moler a palos. En ese momento comprendí que ya no estaba enamorada de mí, que una mujer enamorada no daría esos saltos que espantarían a cualquier hombre. Fuimos a comernos un helado con Clara e Irene y nos reímos un rato.

A mí de tanto en cuando me sale un artículo ñoño y este va camino de serlo. Marga es mucho mejor que lo que se ve por la tele: ¡es gente normal! Le leí una vez a Manuel Jabois que algunos de sus amigos le hacen tan feliz que le encantaría compartirlos con todo el mundo. A mí con ella me pasa lo mismo. Ojalá todos la pudieran disfrutar como lo hago yo. Ahí sigue, con esos ojos grandes apuntando a la piscina. Últimamente me ha dado vueltas a la cabeza la idea aquella de que la felicidad de los demás es un coñazo. Pues a mí no sé qué me pasa que cuando ella consigue una medalla, yo me alegro. Además, lo mejor es que siempre que nos vemos tenemos algo que celebrar. Y si no, nos lo inventamos.