Imagen de Pau Gasol durante un partido de la NBA. | NIKKI BOERTMAN

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Un chaval barbilampiño y muy delgado se presentaba en la NBA sin apenas recorrido en Europa. Llegó en silencio, aunque con un doblete de azulgrana bajo el brazo, y con la timidez propia de un novato. De repente, se ganó el respeto con un mate en las narices de Kevin Garnett. Fue en diciembre de 2001. Dos décadas después, Pau Gasol se retira como uno de los iconos del deporte mundial. Más allá de los títulos, las medallas o las estadísticas, Gasol deja un legado eterno. Ese que se tiene o no se tiene. Carisma, solidaridad, liderazgo y un gen competitivo extraordinario. Recuerdo esas madrugadas inolvidables de insomnio y disfrute con el gran Antoni Daimiel y el inolvidable Andrés Montes y su grito de ¡¡¡E.T.!!! cada vez que el gran Pau se inventaba una genialidad. Su salto con su hermano Marc hacia el infinito en un All-Star Game… Su mentalidad ganadora modificó el guión de la historia de la selección e impulsó al baloncesto a la cúspide de su gloria en aquel Mundial de Saitama en 2006. Su grandeza no se mide por centímetros. Va mucho más allá. Gracias, Pau.