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Los amores se rompen. Lo dicen las canciones y lo dice la vida. Recuerdo a Rocío Jurado cantando aquello de «se nos rompió el amor». Me gustaba su fuerza, la intensidad que desprendían las palabras, el énfasis que ponía en cada frase. Yo era muy joven entonces. Me parecía imposible que los grandes amores tuviesen un final.

Creía a pies juntillas lo que nos dijo un profesor de Literatura al comentar en clase un poema de amor: «¿Qué es lo que desean los que aman?», Silencio en el aula. Éramos tan inexpertos, tan inocentes. «¿Qué deseamos del amor?», insistió el profesor, ante nuestro estupor adolescente. El hombre se impacientaba, hasta que dijo: «Queremos que sea eterno».

Sin embargo, Rocío Jurado, que tenía poco que ver con los poetas que comentábamos en las aulas universitarias, aseguraba entre quejidos y penas que sin saber por qué motivo, el amor se le había truncado, como si pudiese ser algo muy frágil. Eran tiempos difíciles para la artista, que escenificaba en su canción las dificultades por las que pasaba su matrimonio.

Rosalía rompió moldes al recuperar la canción en los Latin Grammy. Manuel Alejandro, el compositor del tema, manifestó que Rosalía había escenificado su composición mejor incluso que Rocío Jurado. Las comparaciones son odiosas e innecesarias. De todas formas debemos reconocer que la actuación de Rosalía fue excepcional. Jugó a cambiar un poco la letra original y aflamencó el tema. Supo hacer un homenaje a Rocío Jurado y, a la vez, una versión nueva de una canción que renace con ella.

Rosalía me robó el corazón con aquel «cristalito roto» de la canción Malamente. Me pareció una delicia. Es una cantante con una gran fuerza, capaz de transmitir emociones intensas. Sorprendente y polifacética.

En la gala de Sevilla, con un vestido negro diseñado por Schiaparelli e inspirándose en el famoso vestido de la venganza que lució Lady Di al divorciarse, cuando se le había roto el amor a ella también, actualizó y renovó aquella canción inolvidable.