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Parece ser que la palabra aplicación está de suerte. Es uno de esos términos que han pasado de no ser utilizadas prácticamente nunca a estar en boca de todos constantemente. Se ha convertido en sinónima de solución: si no sabes cómo conseguir algo, encontrar cualquier cosa o, una vez encontrada, utilizarla, sólo tienes que buscar una aplicación que te ayude y ya está. Si tienes hambre y no te apetece salir porque ya te has puesto el pijama, no pasa nada. Con la aplicación adecuada te traen la hamburguesa a domicilio. Si quieres ir de vacaciones al lujar más remoto y alejado del planeta, tú tranquilo: con una buena aplicación estarás allí en un periquete. Que el niño llora porque ha perdido el chupete; calma, la aplicación de turno te proporciona uno. Y así hasta el infinito. Con una aplicación como Dios manda, ni te perderás en una carretera que no sale en los mapas ni nada de nada. Las aplicaciones son el nuevo dios. Amén.

Estos días me estuve informando sobre la lluvia de las perseidas. La verdad es que, a pesar de poner todo mi empeño cada diez de agosto, apenas habré visto media docena en veinte años. No tengo suerte. Si estoy en Palma, es normal que no las vea, puesto que no hay suficiente oscuridad y sí demasiada contaminación. Y si estoy en la Serra, la cercanía del mar y la humedad tampoco son nada propicias. Así que, por mucho que me ponga a esperar en la tumbona mirando el cielo despejado, ellas no aparecen. Qué lástima. A ver dónde me pongo, pensé. Y fue entonces cuando me enteré de que ya existen aplicaciones para verlas e, incluso, reconocerlas. Solamente hay que indicarles el lugar exacto en el que te encuentras y ellas te muestran la posición exacta de los astros en tiempo real. O, de lo contrario, ellas mismas te indican adónde ir para presenciar el acontecimiento. A pesar de que las aplicaciones son fantásticas –puesto que eliminan toda clase de problemas y dudas– diría, en su contra, que han arruinado aquel afán de aventura que movía a los arriesgados exploradores de antes. Se han cargado la osadía y el brío. Menudo mundo este, en el que todo nos viene dado a la carta. Incluso las estrellas. Por cierto, este año me dormí en la tumbona.