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Hola, ya estoy aquí otra vez. Sólo un poco más arriba de donde salgo los martes del resto del año. Para mí, agosto se caracteriza por este ascenso en la página, directamente proporcional al ascenso de las temperaturas y de mi dificultad para hacer cualquier otra cosa que no sea escribir artículos. Cada año es peor. Y, por lo visto, esto no es nada. Basta con echar un vistazo a los telediarios y demás espacios dedicados casi íntegramente a hablar del tiempo: la amenaza es terrorífica. Los mapas cada vez son más rojos. Y en realidad no nos hace falta que nos lo digan, porque ya lo notamos sólo con sacar la nariz más allá de la puerta. El panorama es muy desolador. Yo creo que con la edad aumenta proporcionalmente la dificultad de respirar y salir a hacer actividades al aire libre. Lo noto cada verano. Y, por eso, he decidido que a partir de hoy me voy a confinar en casa con el aire acondicionado. No tengo ni idea de cuándo saldré. Ni me importa, en realidad. Yo aquí estoy la mar de fresquita, bebiendo agua con gas y limón y escribiendo (lo único que me distrae un poco de la asfixia). Después de haberlo comprobado hace tres años, yo me confino que da gusto verlo. Tengo una pasmosa facilidad para el confinamiento. La vez anterior, lejos de desarrollar alguna tendencia depresiva como les ocurrió a muchos, yo fui feliz. Supongo que porque las cosas que más me distraen y me entretienen las puedo hacer sola y en casa. Así que, ni corta ni perezosa, me he dicho: Neus, conviene que te confines otra vez y que salgas sólo cuando sea del todo imprescindible. Además, la suerte es que ahora no tengo que ponerme mascarilla ni estar limpiándome las manos con soluciones viscosas todo el santo día. Es decir, que este nuevo confinamiento va a estar chupado. Para ser sincera, ya llevo confinada varias semanas. Más o menos desde que llegó la primera ola de calor, tras ver en la tele unos mapas muy apocalípticos. Creo firmemente que deberían estar prohibidos. A ver si el Gobierno hace algo al respecto, y se olvida de una vez por todas de otras cosas, como cargarse idiomas, por ejemplo. En fin, que me quedo fresquita en casa. A escribir.