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Anda Elon Musk enfadado porque Mark Zuckerberg ha puesto en marcha una nueva red social, que se llema Threads, con la intención de captar a los usuarios de Twitter y dejarle sin negocio. En medio del enfado, el primero retó al segundo a meterse con él en una jaula para resolver sus diferencias a tortazos. La cosa no pasó de ahí y el segundo ha lanzado ya el nuevo servicio. En apenas 24 horas se apuntaron treinta millones de personas, aunque el objetivo es llegar a unos mil millones de usuarios en unos pocos meses. En otro tiempo, una disputa así entre dos de los personajes más poderosos del planeta, aunque sea por su capacidad económica, se habría zanjado por métodos más tradicionales: una pequeña guerra, un duelo o un matrimonio concertado entre sus herederos. Incluso, en otro momento histórico, se podría percibir como algo positivo la aparición de un competidor contra quien tiene un producto casi único. Ocurre, sin embargo que, quien amenaza un monopolio en esta ocasión es quien tiene otro monopolio que aspira a hacer mayor. Zuckerberg maneja Facebook, Whatsapp e Instagram y con ellos miles de millones de usuarios. Musk compró Twitter con sus miles de millones también para controlar otra vía de comunicación. Pase lo que pase, estamos ante una pugna entre dos únicos actores para controlar los canales de comunicación más grandes y extensos que ha conocido la humanidad. Tienen la capacidad de establecer filtros y reglas a lo que se dice, cómo y a su alcance y hacerlo con una efectividad jamás soñada por estado alguno. La influencia de sus redes es evidente y ha trasformado el mundo y las reglas de lo público en poco más de una década. Cuando a principios del siglo pasado, Rockefeller y su Standard Oil se hicieron demasiado poderosos, Estados Unidos tuvo la capacidad de trocearlo y controlarlo. Solo era petróleo.