El Camino    de Santiago, por los campos de Castilla.  | J.G.M.

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«Todos somos peregrinos, que camino andamos», escribió Gonzalo de Berceo. Y ahora, el Cabildo Compostelano, sucesor de dos grandes personajes de nuestra historia, los obispos Gelmírez y Fonseca, ha aprobado canónicamente los dos ramales de la ruta jacobea que ya parten de Lluc y Cura. Mallorca siempre ha sido tierra luliana, y tiene presente a uno de los más extraordinarios    peregrinos del Camino: Ramon Llull.

Hay pocos viajes que verdaderamente orienten sobre la vida o que en su decurso reúnan suficientes ingredientes para acercarnos a eso que podríamos llamar plenitud humana o religiosa, o las dos, que también se dan al unísono. El Camino de Santiago por su imaginario, legendaria historia, originalísima idiosincracia y peculiar infraestructura, pertenece a ese grupo, reducidísimo, de trayectos interiores que, por si fuera poco, deambulan por un inconmensurable paisaje exterior.

Su ramal principal parte de Francia, se adentra por Navarra desde la colegiata de Roncesvalles, pasa junto a estelas vasconas y ya en Cizur, por las tierras del Gran Priorato de la Orden de San Juan de Jerusalén, sube el camino para bajar por el largo Puente de la Reina, entre calzadas romanas, a Estella. En La Rioja nos esperan las tapas de champiñones de la calle Laurel, el vino de todas las tabernas y    Santo Domingo de la Calzada, donde nació Gustavo Bueno, y cantó la gallina incluso después de asada.

Parajes y paisajes

Palencia atesora uno de los pueblos más bonitos de la ruta, Castrojeriz, desde donde por la loma de Matajudíos llegamos a la iglesia más fina y bella del románico español, la de San Martín de Fromista; ya en Villalcazar a darle al gorrinillo asado y que le den a Bill Gates.

Burgos, con su catedral pendiente de las puertas. En Lugo, el Camino sube por un bosque exuberante y animado y por un reguero de sendas que combinan muy bien con el pulpo a feira, con el lacón con grelos    y con las fantasías del gran escritor y gastrónomo Alvaro Cunqueiro.   

Hacia Compostela

El Camino se afea en La Coruña y ya en Labacolla el peregrino debe lavarse bien para entrar con los menos olores posibles a Compostela que es una ciudad in giro tumbae, en torno a la tumba del Apóstol,    ungida por el pórtico más impresionante que se ha cincelado, el del Maestro Mateo.

El Camino no termina aquí sino en Finisterre, fin del mundo conocido y del Santo Cristo da barba dourada. A la hora de comer, Casa Manolo, regentada por José Luis, centro de peregrinos de todo el mundo; para dormir, el precioso y asequible hotel Costa Vella, dirigido por un señor de bandera, José Antonio, y a hora de llevarse algún recuerdo de calidad, la orfebrería de Ramón Gonzalez, genio y figura, en la plaza Feixóo.

El Camino que empezó en Mallorca termina en Mallorca, las muchas endorfinas que se desprenden del mismo nos hacen más amables, mejores personas, más comprensivos con los demás; pero pronto la realidad nos devuelve a nuestro verdadero ser, ese que se fue difuminando a lo largo de 740 km y que ahora vuelve a emerger porque homo homini lupus.